MÍO, DE MI MAMÁ O DE NADIE

Un policía con problemas mentales que mató a su propio hijo en medio de la disputa por la custodia con su madre.

Reza el adagio popular que «más vale arrepentirse de lo que se hizo, que de lo que no se hizo». Ese era el repetitivo credo de Janeth, quien maldecía aquel 26 de mayo de 2006, cuando accedió a darle la custodia total de su hijo a su pareja, quien se lo llevó a Siachoque, Cundinamarca, con la abuela paterna. Cristian, un hombre recio que laboraba en el Comando de Policía Metropolitana de Medellín, la convenció de que era lo mejor para el menor, entonces de 5 meses, pues ella tenía que trabajar. 

La angustia y ansiedad que sobrecogían a la mujer por esos días no le permitió ser consciente de lo que firmaba; y, cuando por fin lo pensó bien ya desvelada al borde de su cama, se arrepintió de lo que había hecho.  Ese dolor que le quitaba el sueño fue el que la impulsó a viajar hasta Siachoque el 11 de abril de 2007, a buscar al menor para intentar llevárselo con ella. 

Cristian la vio tan decidida que, a regañadientes, permitió que llevara al niño a Medellín por unos días, con el compromiso de devolvérselo a su abuela materna el 17 de abril. Así quedó acordado en un acta de conciliación firmada en la Personería municipal, donde uno de los funcionarios le recomendó iniciar los trámites para regular las visitas al menor, toda vez que esta regulación se omitió en el acta de conciliación inicial.

AÑOS DIFÍCILES

Los tres años y medio de convivencia entre la pareja no habían sido nada fáciles. A pesar de que Cristian se comportaba de forma relativamente normal frente a sus compañeros, en su casa era diferente, sobre todo desde el nacimiento del niño, en enero de 2006. Incluso, él le había sugerido a que lo abortara pues ella ya tenía otros tres hijos con su primera pareja. Janeth se negó rotundamente. 

Se le notaba agresivo y exasperado casi todos los días. Janeth vivía “empanicada”, ella sabía que eran secuelas de su trabajo… En 2004, Cristian reconoció en una comunicación suscrita a sus superiores que el 12 de diciembre de 1997, durante una emboscada de las Farc en Guaca, Santander, sufrió fractura de tibia y peroné. Además, recibió tratamiento psiquiátrico y le prescribieron carbamazepina y piportil, según el reporte médico.  

El uniformado reconoció también que le estaban suministrando el medicamento Sinogan, que sufría de intenso dolor de cabeza, fiebre y zumbido en los oídos, porque tampoco lograba conciliar el sueño.

―Me siento desesperado por la vida y ante las injusticias de mis oficiales reaccionó, se puede decir, de forma agresiva escribió.

Por esa razón  solicitó que se le brindará un tratamiento psiquiátrico adecuado.

―  “Ya que me altero fácilmente y es algo que no sé ni por qué, incluso pierdo el conocimiento” ― confesó el policía a renglón seguido.

La situación de Cristian era la de muchos policías colombianos de la época. De hecho, un estudio sobre la salud mental de los uniformados activos de la Policía Nacional de Colombia  publicado en la revista Logos, Ciencia y Tecnología (Lombana, 2009), reveló que el estrés propio de su actividad y otros factores comunes a los cuales está sometido cualquier individuo se acrecientan y producen alteraciones mucho más severas de lo común en la salud mental de los policías y exigen medidas terapéuticas diferentes a las de la población general.  

LA CUSTODIA…

Ante las peleas constantes por el cuidado de su hijo, el 6 de agosto Janeth y Cristian acudieron al Centro de Conciliación de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá para resolver sus diferencias sobre la custodia del menor, pero no llegaron a ningún acuerdo. Ella tenía la esperanza de que le permitieran pasar más tiempo con su hijo, pero él no accedió a ninguna pretensión y solo pensaba en que ya llevaba 19 años en la Policía y le restaban pocos para pensionarse. Incluso, el 3 de septiembre solicitó su traslado a Boyacá para estar cerca de su hijo. Tenía la intención de pensionarse y dedicarse a trabajar en una ebanistería.

Janeth lo supo y se derrumbó. El remordimiento por haberle otorgado la custodia del niño a Cristian le arrebató todas las fuerzas a sus piernas y  de nuevo, debió sentarse en la cama a mascullar su absurda decisión. Temerosa de no volver a ver a su sonrisa y a iluminarse con el brillo de sus pequeños ojos color café, el 5 de septiembre de 2007 solicitó ante el Centro Zonal Regional del I.C.B.F. en Tunja, Boyacá la custodia de su hijo o que ―  por lo menos ― le regularan las visitas.

Pasaron dos semanas y la situación se volvió más tensa. Las discusiones por la custodia del menor eran pan de cada día. Al principio, Janeth creía que sus constantes cambios de ánimo eran producto del olvido de Cristian para tomar su medicamento, Sinogan.  Sin embargo, la invadía el terror cuando las amenazaba constantemente a ella y a su familia con matar al pequeño y matarse él si le entregaban el niño a la mamá. Por eso, cuando el uniformado insistió en ir a un centro de conciliación para resolver lo de la custodia, ella aceptó. Lo hizo más por miedo que por convicción, porque sabía que él no iba a dar su brazo a torcer.

El 18 de septiembre de 2007, la pareja llegó con su hijo al Centro Zonal número 4 del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que queda camuflado entre el bullicio de la tradicional carrera 70 de Medellín, cerca de la calle San Juan. Desde que se levantó esa mañana de martes, Janeth presentía algo malo; por eso pidió acompañamiento policial para la diligencia; varios uniformados la acompañaron. No obstante, cuando llegaron al lugar les informaron que la dependencia competente era el Centro de Atención Integral de la Familia, CAIF, también del I.C.B.F. en el barrio 20 de julio.

EL ÚLTIMO INTENTO

«Al mal paso darle prisa» pensó ella y salió rápidamente del lugar con el niño en sus brazos. Pero en un acto casi desesperado, Cristian  intentó arrebatárselo y, en el forcejeo, el menor sufrió algunas laceraciones, lo que obligó a los funcionarios del centro a intervenir para quitarles al menor, ponerlo en custodia provisional de una madre sustituta y remitirlo protegido al CAIF del 20 de Julio.

En el camino Janeth no paró de rezar. Temía lo peor, sobre todo porque su hermana le contó que vio cuando Cristian camufló su revolver personal en la pañalera del niño. El policía lo había comprado en Bucaramanga; ella tenía guardados los documentos en su nochero…

Por eso, al llegar al Centro de Atención ubicado en el occidente de Medellín le insistió al vigilante del lugar para que requisara a Cristian.

― Requíselo bien requisado porque tiene un arma― le dijo temblando Janeth al vigilante―.

Pero este, pese a que además había recibido una llamada del guardia de seguridad del Centro Zonal número 4 en la que le informaban que Janet había denunciado amenazas en su propia casa con una granada, se dejó intimidar por las palabras del policía.

― Si me toca le monto una demanda porque, como guardia de seguridad, usted no puede tocar con las manos a ningún civil le gritó Cristian.

Y el vigilante solo revisó el contenido de una bolsa que llevaba y lo hizo pasar a él por el detector de metales.

Temblando y casi con taquicardia, Janeth ingresó con Cristian y el niño a la oficina del Defensor de Familia, en donde los esperaba también una trabajadora social. Minutos después, fue con ella hasta su casa para verificar si como madre tenía las condiciones para vivir con su hijo. Al volver al Centro de Atención Integral de la Familia CAIF, encontraron al menor durmiendo en una cuna y al lado a su padre, quien las recibió con una mirada inquisidora.

Regresaron a la oficina del Defensor de Familia y lo que sucedió en aquel pequeño cuarto fue aumentando la ira de Cristian. El informe de la trabajadora social, que decía que Janeth estaba en condiciones de cuidar a su hijo, lo hizo ofuscar. Cuando el funcionario advirtió que el menor tenía problemas de nutrición y que en ese momento no se lo podían entregar, se enfureció. Pero cuando les prohibieron ver al niño y señalaron que solo su madre podría visitarlo cada 15 días, se descompuso. Su rostro se desconfiguró y, como si hubiera recibido una descarga de energía, sus ojos se salieron de órbita y empezó a temblar. Se paró, se tomó la cabeza con sus manos y lanzó una mirada de venganza a todos los que estaban en la oficina.

Luego se tornó agresivo, nervioso y ansioso. Aunque estaba sentado, movía las piernas todo el tiempo y se paraba constantemente a mirar lo que estaba haciendo el niño. En una actuación bipolar, se mostraba en un instante como un padre amoroso, preocupado por la alimentación del menor, pero al segundo le reclamaba de forma airada a Janeth por no cumplir el acuerdo previo que tenían sobre la custodia.

Le decía que el niño solamente podía ser para la mamá de él y para nadie más, ― relató otro funcionario del ICBF que no pudo evitar escuchar los gritos del policía desde una oficina contigua.

Pese a su estado de alteración evidente, por un momento respiró profundo y con voz calmada pidió permiso para salir del lugar a comprarle una avena a su hijo, quien acababa de despertarse llorando. Regresó dos minutos después y le dio al pequeño su tetero, mientras Janeth firmaba unos documentos en la oficina con la trabajadora social y la nutricionista. 

― Después de tomar la avena, el niño comenzó a correr alegre por los pasillos del centro ―, recordó otra de las funcionarias

 Cristian aprovechó que los empleados del ICBF comenzaban a alistar sus puestos de trabajo porque finalizaba la jornada laboral y fue a buscar al niño.

― Papi, no te salgas para la calle, le dijo mientras iba a su encuentro.

De pronto, sin que nadie lo imaginara, tomó al menor en sus brazos e intentó escapar por la puerta principal, pero esta tenía pasador. De inmediato se devolvió y se encerró con el niño en una de las oficinas. El vigilante y un funcionario del ICBF intentaron forzar la puerta pero Cristian la había asegurado por dentro. Le insistieron que abriera… ¡Se negó a hacerlo!

Janeth escuchó los gritos y corrió como loca hasta la puerta de la oficina a tocar para que Cristian le abriera. Como una ráfaga, a su mente volvieron los temores por las amenazas con la granada y con su arma personal.  Y confirmó sus sospechas: la última visita al siquiatra, una semana antes, no había servido de mucho.

Las súplicas de la desesperada madre tampoco valieron de nada. 

  • Es mío, de mi mamá o de nadie, gritó Cristian sollozando desde adentro.

En poco menos de un minuto se escucharon dos disparos, con apenas segundos de diferencia. Temeroso pero decidido, otro de los funcionarios del ICBF tumbó la puerta de una patada. Cuando ingresaron encontraron a Cristian en el suelo con un tiro en la cabeza; seguía vivo. Dos veces intentó levantarse y dispararles pero no tenía la fuerza suficiente para levantar siquiera la mano. De forma apresurada, el vigilante le quitó el arma con un chaleco. Luego miró a un costado y vio al niño; estaba muerto, con un balazo en su cabecita.

Destrozada por lo que había ocurrido, Janeth fue retirada del lugar, mientras compañeros de Cristian que llegaron al lugar confirmaban la muerte del policía y de su niño. 

Por negligencia en el cuidado del menor dentro de sus instalaciones, el Consejo de Estado condenó al ICBF a indemnizar a los familiares del niño. Al margen de esa decisión judicial, desde ese 18 de septiembre de 2007, y durante varios años, Janeth fue la que comenzó a tomar Carbamazepina, Piportil y Sinogán…

  1. Lombana Castillo, Alejandro. (2009) Factores determinantes en la salud mental del uniformado activo de la Policía Nacional de Colombia. Revista Logos Ciencia y Tecnología. ISSN 2145-549X, Vol. 1, Nº. 1, 2009, págs. 57-66

Foto de Guillaume de Germain en Unsplash

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