UNA NAVIDAD NEGRA

El asesinato de una psicóloga por parte de un ex convicto en una visita domiciliaria, en virtud de un contrato suscrito con el municipio de Medellín.

Era 2 de diciembre y el ambiente navideño ya había abrazado la ciudad de Medellín. En las casas de muchos barrios, las luces en los balcones y en las ventanas daban esa sensación de calidez de la época de fin de año. Faltaban solo 4 días para que EPM inaugurara el alumbrado navideño de ese 2008, denominado “Medellín, luces de vida”, un mensaje de reflexión para cuidar la tierra y protegerla, confeccionado con más de 14 millones de luces multicolores que podrían apreciarse a lo largo de 27 kilómetros que conformaban la que fue denominada Ruta de la Navidad. 

La capital antioqueña estaba ad portas de convertirse en ese gigantesco pesebre que deslumbraba a quienes tenían la fortuna de otearla desde cualquier punto cardinal. Y Marjorie Kisner Mira disfrutaba de ese ambiente; incluso, ya tenía planes para visitar los alumbrados del río junto a su mamá y sus dos hermanas. Además, semanas atrás se había graduado de la especialización en Psicología Clínica de la Universidad Pontificia Bolivariana y era un motivo para celebrar.

Tenía 34 años, una década graduada como psicóloga de la Universidad San Buenaventura y ajustaba ya tres años y medio contratada por el Instituto Técnico Metropolitano (ITM), en convenio con la Alcaldía y el Inpec, para el programa Intervención Social en Cárceles. 

Al principio, su labor consistía en brindar atención psicológica a los internos de Bellavista que estaban a punto de salir. Sin embargo, ese año el programa pasó a Paz y Reconciliación y la vida de Marjorie cambió. Comenzó a atender pospenados en la sede principal de la Comisaría de El Bosque y luego en la de La América, a donde los exconvictos dejaron de asistir. Por eso, para garantizar la continuidad del programa, y tal vez para justificar los $550 millones que valía el convenio, la coordinadora modificó el contrato y desde el 27 de junio los psicólogos se vieron obligados a realizar 3 visitas domiciliarias semanales a la población pospenada. 

Esos encuentros, se lee en un documento del programa, buscaban <<conocer el entorno familiar del individuo o individuos e implementar los procesos de intervención individual, de pareja y familiar>>. Sin embargo, los psicólogos los hacían sin portar siquiera un chaleco o una escarapela que los identificara; tampoco tenían protección para llegar a las casas de personas peligrosas y que habían cometido cualquier tipo de delitos. Muchas veces se cumplían finalizando la tarde y culminaban de noche, en barrios donde abundaban los peligros y escaseaba la seguridad. 

Además, corría el año 2008 y las llamadas fronteras invisibles comenzaban a convertirse en estrategia de las bandas y combos de Medellín que se disputaban la supremacía o autoridad en un territorio. Cualquiera podía ser sospechoso de llevar información o de hacer parte de un combo o una banda considerada enemiga. Tal como lo señaló un informe del Instituto Popular de Capacitación (Agencia de Prensa IPC, 2010), la dinámica que tenía esa nueva ola de violencia llevó a que los combos enfrentados asociaran a los habitantes de los barrios, sin importar su edad, género o condición social, como un enemigo más de la confrontación. Cualquiera que osara cruzar de un barrio a otro sin autorización o por desconocimiento podía terminar muerto en una acera.

Esas circunstancias generaron un temor colectivo que comenzó a propagarse por toda la ciudad. Era un discurso de terror que hacía que algunos de los profesionales vinculados al proyecto de atención a pospenados temblaran y sudaran frío mientras recorrían las empinadas calles de algunos sectores de la capital antioqueña, temiendo encontrarse con la muerte en cualquier esquina. Tanto así que en cada reunión con la coordinadora manifestaban su inconformidad por la atención domiciliaria. <<Primero porque fue una imposición, segundo porque nos dijeron o les gusta o renuncian>>, recuerda  Paula Andrea González Vélez, quien laboraba en la parte administrativa del programa. <<La gran mayoría del grupo de profesionales eran mujeres y les tocaba ir solas y bajo sus propios medios a las visitas>>, recalcaba en su momento.

Una de las que más se quejaba ante sus compañeros y superiores era Marjorie.  <<Esas manifestaciones tanto de temor, de inconformidad, se iniciaron desde que se dio la directriz de llevar a cabo las visitas domiciliarias. No renunció porque todos necesitábamos el trabajo, es así de simple; ella tenía responsabilidades económicas importantes con su familia y su formación académica >>, le dijo Paula Andrea a una magistrada del Tribunal Administrativo de Antioquia, meses después.

La situación había llegado a un extremo tal que, según sus propios compañeros, la tragedia sobrevino cuando ya la joven había tomado una decisión radical.  <<Ella estaba esperando terminar con ese contrato que fue un día antes, creo, de su muerte>>, asegura Héctor Javier Montoya Gómez, Coordinador del Sistema de Evaluación y Seguimiento.  

DESAPARECIDA

Ese 2 de diciembre algo inquietaba más de la cuenta a Marjorie. Aunque era hiperactiva y su adicción al trabajo se convertía en el remedio para calmarla, esa mañana intuía que iba a ocurrir algo malo; era algo así como una premonición que martillaba en su mente y que la hacía dudar en cumplir la cita que tenía esa mañana. Es innegable que las personas, sobre todo las mujeres, suelen ser más intuitivas cuando están sometidas a fuertes presiones o en casos de peligro grave. Y ella tenía un mal presentimiento.

Sin embargo, apasionada y comprometida con su trabajo como era, simplemente pensó que era un poco de paranoia y salió apurada de su casa en el barrio Laureles a tomar el bus que la llevaría hasta Villahermosa. Allí atendería a  Robert Alexander López,  un hombre que salió de la cárcel luego de cumplir parte de su pena por porte ilegal de armas y acceso carnal violento, a quien había conocido cuando estaba en la cárcel Bellavista.

<<Salió a las 8:15 a.m. Tenía la cita a las 9:30 a.m. Debía salir a las 12:30>>, les dijo a los periodistas su hermana Viviana, al relatar lo ocurrido esa mañana. En la tarde tenía una reunión en la oficina pero nunca llegó. Hacia las diez de la noche, su familia comenzó a preocuparse porque no contestaba el celular y en el trabajo nadie daba razón de ella. Desesperada, Viviana llamó a la línea de emergencias para reportar su desaparición y, quizás por tratarse de alguien indirectamente vinculado a la Alcaldía, varios policías se desplazaron de inmediato hasta la casa de Robert Alexander para investigar. 

Les abrió la puerta la compañera permanente del exconvicto, quien reconoció que la psicóloga había estado en la casa esa mañana, pero les dijo que desconocía el paradero de su compañero y de Marjorie. Los uniformados, curtidos en las andaduras de delincuentes y más astutos que los propios psicólogos, no le creyeron. 

Desde ese momento, con la ayuda de las autoridades, sus familiares iniciaron la búsqueda por todo el Valle de Aburrá. Paradójicamente, la esperanza era que hubiera sido víctima de un hurto con escopolamina y que en cualquier momento la encontrarían viva. A Viviana le aterraba recordar que la propia Marjorie, enterada por su trabajo de lo que ocurría en las cárceles y en los barrios, le había dicho que la situación en Medellín no era fácil y que la guerra de pandillas comenzaba a desbordarse. En ese 2008, hubo 1.044 homicidios en la ciudad, varios de ellos por cruzar fronteras invisibles.

Lo cierto es que la noticia se regó como pólvora por todos los medios locales y nacionales. La Fiscalía activó el Mecanismo de Búsqueda Urgente, que permite concentrar todos los esfuerzos en un solo caso y obviar trámites burocráticos. Por obvias razones, las miradas se posaron sobre Robert Alexander, quien aseguró que ese mediodía él la había dejado en el paradero del bus. 

El hombre se mantuvo en su palabra pero la que no aguantó la presión fue su compañera permanente, quien terminó por revelarles a las autoridades la verdad. Presa del miedo y tal vez con un cargo de conciencia, reconoció que Robert le había confesado que asesinó a la psicóloga, que en un principio había puesto el cuerpo desmembrado en el techo de su casa pero luego lo abandonó en una construcción cercana. “Él me dijo: yo le di un puño, mira cómo tengo la mano de hinchada, ahí al pie de las escalas yo le di un puño y ella se dio contra la esquina de las escalas. Se lo pegué porque ella sabía muchas cosas mías, mis problemas y me presionaba”, relató la mujer.

Efectivamente, las partes del cuerpo estaban ocultas entre unos bultos de arena en una obra en construcción. Un obrero que llegó a las ocho de la mañana del viernes a levantar los costales notó que de ellos salía sangre y avisó a las autoridades. El reporte oficial señala que la mujer había sido estrangulada y luego desmembrada. <<Fue él. Y mi hermana murió de forma violenta. Eso es lo único que sé>>, le dijo entre lágrimas al periódico El Tiempo Sandra, hermana menor de la psicóloga. 

Marjorie llevaba dos años atendiendo a Robert y varios meses visitándolo en  aquella casa de fachada oscura y apariencia lúgubre. Aunque nunca mencionó su nombre en particular, en alguna oportunidad le dijo a su compañero  Héctor Javier que se sentía en riesgo y atropellada porque su jefe la obligaba a realizar visitas domiciliarias y que tenía temor de varios pospenados.

Precisamente varios de esos otros exconvictos, también pacientes de Marjorie  indignados por lo ocurrido por el cariño que le tenían a la psicóloga, salieron a buscar a Robert con la intención de hacer justicia por mano propia. El hombre estuvo a punto de ser linchado, pero la policía llegó y lo salvó.  Al otro día se entregó a las autoridades y aunque por vencimiento de términos pudo haber quedado libre días después con pagar 150 mil pesos de fianza, sabía lo que le esperaba en la calle y prefirió no salir de la cárcel, donde se sentía más seguro. 

DOLOR, MIEDO E INDIGNACIÓN

La muerte violenta de Marjorie ensombreció de nuevo la Navidad de los Kisner Mira. Todos revivieron el dolor de aquél 8 de diciembre, 35 años atrás, cuando  Francis, un niño de 2 años que iba a ser el único varón de la familia, se ahogó accidentalmente en una piscina. Por eso entre sus parientes hubo tantas lágrimas en el sepelio, al cual asistieron sus compañeros y muchos de los 52 exconvictos que ella atendía. 

Y como era de esperarse, el miedo se apoderó de los otros profesionales que a diario tenían que salir a la calle a atender a la población pospenada y desmovilizada. El rumor de que muchos de ellos darían un paso al costado obligó a que la Secretaría de Gobierno suspendiera la atención que les brindaba a unos 450 jóvenes. El secretario de Gobierno de Medellín de entonces, Jesús Ramírez, dijo que lo hacían <<para revisar sus parámetros>>, declaración que indignó a los familiares de la joven profesional. <<Es inconcebible que para hacer visitas domiciliarias a pospenados de peligrosidad, no se cuente con acompañamiento y protección>>, les dijo con rabia Viviana a los periodistas convencida de que la decisión ya era tardía. 

Unas 72 horas después de hallar el cuerpo de Marjorie, las hermanas Kisner llegaron al finalizar la tarde hasta el Centro Administrativo La Alpujarra. Mientras miles de colombianos se preparaban para rendirle homenaje a la virgen encendiendo velitas, Viviana y Sandra, con el alma a oscuras por lo ocurrido, hacían un plantón con fotografías de ella y mensajes de protesta. Exigían justicia por su muerte y una disculpa de los responsables del Programa de Paz y Reconciliación de la Alcaldía. <<Sólo queremos que se reconozca que se equivocaron y que presenten una disculpa por lo ocurrido>>, señaló visiblemente afectada la hermana mayor.

En medio de un profundo dolor, esa misma tarde, el profesor universitario Hernán Mira Fernández, tío de las hermanas Kisner, envió una carta a los medios de comunicación en la cual hacía un llamado de atención a la Alcaldía por la forma de atender a los pospenados. <<No queremos que otras familias tengan que pasar por la tragedia que hoy vivimos y es para nosotros deber ciudadano y humanitario ineludible, muy por encima de intereses políticos mezquinos, solicitar que se tomen las debidas medidas de protección para quienes continúan este trabajo>>, decía en la misiva.

TRIUNFOS Y DERROTAS

Posteriormente, inconformes con las actuaciones y explicaciones del municipio de Medellín y del ITM, los Kisner acudieron a la firma Javier Villegas Posada Abogados para demandarlas por su responsabilidad en la muerte de Marjorie. Ante el Tribunal Administrativo de Antioquia, la defensa de la Alcaldía y el ITM esgrimió argumentos que más parecían una cortina de humo para desviar la atención sobre las fallas protuberantes en las que incurrieron y que facilitaron el fatal desenlace. La coordinadora del Programa de intervención social en las cárceles expresó que la víctima actuó de manera contraria al protocolo establecido porque visitó a solas al victimario y aseguró que había escuchado rumores sobre una relación más allá de lo profesional entre Marjorie y su paciente. Lo mismo alegó la institución educativa, al señalar que de forma autónoma e inconsulta, la profesional decidió visitar a solas a Robert Alexander, con quien “hubo circunstancias de tipo personal o afectivo”, según ellos, de acuerdo con lo manifestado por la compañera permanente de este último. 

A pesar de estos argumentos falaces, la firma demandante demostró que sí hubo una falla en el servicio. El Tribunal le dio la razón y declaró a las dos entidades administrativa y solidariamente responsables de los perjuicios causados por la muerte de Marjorie. Sin embargo, el dolor y la indignación de los Kisner no culminaron. Las entidades demandadas no solo apelaron ante el Consejo de Estado sino que además insistieron en que el asesinato había ocurrido por culpa exclusiva de la víctima y que no era cierto que tuviera connotaciones de género. 

La apelación, sin embargo, tampoco prosperó. En sentencia de segunda instancia del 23 de noviembre de 2023 – 05001-23-31-000-2010-02205-01(57.207)-, el Consejo de Estado ratificó la condena a las dos entidades por no realizar un análisis adecuado de los riesgos a los cuales se enfrentaba la psicóloga por el hecho de haberla obligado a realizar visitas domiciliarias a pospenados, sin las garantías necesarias para su seguridad e integridad personal. 

El alto tribunal fue claro en sus argumentos. Ratificó que el caso sí guardaba relación con actos de violencia basada en género producto de la inactividad del Estado, el cual no brindó protección especial a Marjorie ni le brindó los elementos, insumos y recursos necesarios para que pudiera realizar su actividad. Además, reprochó la postura de la defensa de las entidades demandadas que sugerían una relación sentimental entre la víctima y el victimario, la cual fue negada por la propia compañera de Robert. El Consejo de Estado calificó esta conducta como indolente, revictimizante y advirtió que afectó el buen nombre de la psicóloga. 

En el fallo, también dispuso medidas no pecuniarias como la realización por parte de ambas entidades de un acto público de reconocimiento de responsabilidad, la petición de disculpas públicas y la exaltación de la memoria de la psicóloga con ocasión de su trágico homicidio. Asimismo, en una decisión sin precedentes, se ordenó al Municipio de Medellín y al ITM disponer de todos los recursos necesarios para desarrollar un proyecto de investigación en psicología, con el nombre de Marjorie Kisner Mira, relacionado con la atención a la población carcelaria y pospenada con miras a su rehabilitación. 

En septiembre de 2009, un juez condenó a Robert Alexander López a 37 años y medio de prisión por el delito de homicidio agravado, pero tras un acuerdo con la Fiscalía por su entrega y confesión le rebajaron el 40 por ciento de la pena, la cual quedó en 22 años y medio. La decisión generó un plantón de los familiares y amigos de Marjorie en la parte baja del edificio de la Justicia, en La Alpujarra, en protesta por la rebaja a la condena pese a las características del crimen. 

ENTRE LUCES Y SOMBRAS

Durante todo el mes de diciembre de 2008, la habitación de Marjorie permaneció como ella la dejó: sobre la mesita de noche estaban los controles remotos del televisor, donde veía novelas, y del equipo de sonido que acababa de comprar para escuchar desde rancheras hasta vallenatos. En la mitad de la habitación, el cuadro que tanto le gustaba con una flor amarilla que desde su muerte comenzó a verse desteñida, marchita…  También quedó guardada en un cajón la carta que le había entregado meses atrás uno de los reclusos que atendió y en la cual le agradecía por haberlo sacado <<del hueco>>.
Mientras tanto, miles de personas paseaban alegres por el corredor del río disfrutando del denominado programa Medellín, Luces de Vida. Ninguna imaginaba que a pocas cuadras de allí, en el barrio Laureles, una familia transitaba por su propia ruta de dolor y lloraba una vez más por la sombra de la muerte en Navidad.

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