UNA MADRE NO SE CANSA DE ESPERAR

  • La historia de un joven que desapareció mientras prestaba servicio militar obligatorio y fue condenado como desertor. 
  • El Estado reconoció su responsabilidad por no investigar lo ocurrido en 1997.

John Fredy se levantó aquella mañana decidido a cambiar de vida. Todos los días acompañaba a don Manuel Lopera, su papá, a realizar labores en el campo durante más de diez horas al día. Don Manuel es un hombre delgado, de manos fuertes y áridas; callosas por las 7 décadas de labores en el campo. Su rostro es enjuto aunque apacible; proyecta la ingenuidad y transparencia de un verdadero campesino. 

John Fredy y don Manuel salían juntos todos los días a picar caña o a hacer cualquier labor en el campo, pero los pocos ingresos que obtenían apenas les alcanzaban para sobrevivir en una pequeña finca ubicada en Campamento, un municipio al norte de Antioquia donde la violencia de grupos ilegales se había instalado por décadas y la mayoría de la población sobrevive gracias a la producción de panela. 

La idea de ser militar tomó cuerpo para John Fredy cuando ya se había trasladado con su familia a Medellín. Por miedo de las  acciones guerrilleras, una madrugada  tomaron sus corotos y sin pensarlo dos veces se mudaron al barrio Castilla. A los pocos días de llegar a la capital, el joven reunió a sus padres y a sus cuatro hermanos y les anunció que iba a presentarse al Ejército porque quería seguir la carrera militar; lo veía como una opción para darle un mejor futuro a toda su familia. Todos aceptaron complacidos porque sabían que para John Fredy su prioridad eran los suyos.

El 21 de mayo de 1996, con 24 años de edad, ingresó a la milicia y fue asignado al Batallón Militar de Ingenieros Pedro Nel Ospina del municipio de Bello, en el norte del área metropolitana del valle de Aburrá. Los 18 meses de su servicio militar obligatorio transcurrieron de forma normal entre patrullajes, madrugadas y trasnochadas como centinela, y todas las actividades rutinarias que caracterizan la vida en el Ejército. 

El joven se mantenía en contacto permanente con su familia, la que además aprovechaba cada fin de semana para visitarlo en el batallón o para recibirlo alborozada en la casa. “A veces, cuando le daban descanso un fin de semana, nos volábamos a bailar porque él amaba los vallenatos”, relata Luz Dary, una de sus hermanas. John Fredy se sentía feliz, era el camino que se había trazado para sacar adelante a su familia, con la que disfrutaba cualquier tiempo que tuviera libre.  

LA DESAPARICIÓN

Comenzaba a desvanecerse el año 1997 y el joven estaba a punto de finalizar el servicio militar. Entusiasmado, el 31 de octubre llamó a su familia para invitarla a la ceremonia que se realizaría una semana después, el 8 de noviembre. En su voz se notaban la alegría del deber cumplido y la satisfacción por haber alcanzado el primer gran escalón para alcanzar su meta de continuar la carrera militar. 

Sin embargo, fue precisamente la noche de brujas cuando el soldado Lopera Jaramillo desapareció de la faz de la tierra.  “Un compañero me llamó al otro día, tipo 8 de la mañana, y me dijo: su hermano anoche estaba de centinela y se desapareció, no volvimos a saber nada de él; hasta hoy no lo hemos visto. Tenemos las cosas personales de él: apareció el arma con la que él patrulla, el uniforme y las cosas personales pero él no está; pónganse las pilas con eso porque el 8 salimos y él queda como desaparecido”, relata Luz Mery, otra de sus hermanas, visiblemente afectada por el dolor que le significa recabar en sus recuerdos.

Pese a la extraña llamada, llegó el 8 de noviembre y todos los integrantes de la familia Lopera Jaramillo se pusieron sus mejores trajes para asistir a la ceremonia en el batallón. Llegaron temprano, así que doña Rocío Jaramillo, madre el joven, aprovechó para preguntar por él y saludarlo antes del acto. Sin embargo, le dijeron que estaba ocupado y que más tarde podría verlo. Luego, cuando hizo alusión a la llamada, recibió una respuesta evasiva por parte del comandante del batallón, quien de nuevo  le insistió en que lo esperara pero que el joven estaba bien. “Si él estuviera muerto o le hubiera pasado algo, nosotros tuviéramos la medalla de desaparción de él y hasta el momento no tenemos ninguna medalla, o sea que él sigue vivo”, le dijo el comandante en un autoritario tono militar.  

Un rato después se dio inicio a la ceremonia. Concluidos los honores militares, uno a uno los jóvenes comenzaron a recibir su libreta; uno a uno posaban felices para las fotos; uno a uno se abrazaban con sus familiares y amigos, todos  sonrientes. Así pasaron diez, veinte, treinta… pero John Fredy nunca apareció, no desfiló con su uniforme impecable, jamás llegó a abrazarlos… 

La angustia se apoderó de la familia Lopera Jaramillo. Después de una especie de minuto de silencio inconsciente, con la indignación y el amor por John Fredy como sus únicas armas, su madre y Luz Dary decidieron enfrentar a los altos mandos militares del batallón para saber de la suerte del joven. 

Fueron a buscarlo de nuevo pero, como se dice popularmente, les mamaron gallo y las hicieron esperar por horas. Según el relato de Nidia Estela, su tercera hermana, mientras preguntaban por él,  uno de los jóvenes compañeros de John Fredy se les acercó, disimulado y temeroso, y les dijo que no lo esperaran, que a él lo habían puesto a cavar un hueco de un metro por un metro y luego lo habían desaparecido. Que desde ese 31 de octubre, no sabían nada de él. 

Pero no fue el único que les habló de un trágico desenlace. “Un compañero de él nos decía que no lo buscáramos más, que a él lo habían matado y lo habían tirado a la represa de Calderas porque había tenido un problema con el comandante de patrulla por una muchacha”, recuerda Luz Mery. 

Pese a estas versiones, doña Rocío y Luz Dary no perdieron la esperanza, confiaban en que John Fredy se hubiera quedado e las literas o estuviera en alguno de los duros turnos de centinela que les describía cuando se veían los fines de semana. Siguieron insistiendo buscando una respuesta. Hacia las diez de la noche, cuando por fin parecía que les iban a dar razón del soldado, lo que recibieron las dos mujeres fue una especie de emboscada. A esa hora – cuenta Luz Mery –  los comandantes del batallón y de la patrulla las llevaron a solas al restaurante, las invitaron a cenar y les dijeron que John Fredy había desertado, que había ido a lavar sus prendas militares al río Calderas, en San Carlos, y nunca más regresó. 

La versión fue desestimada de inmediato por Luz Dary y doña Rocío, quienes les gritaron en la cara a los dos uniformados que era absurdo que hubiera desertado ocho días antes de terminar el servicio militar y menos cuando su sueño era continuar en el Ejército. “El coronel Martínez le dijo a mi mamá que le daba 20 millones para que se estuviera callada, que no hiciera revolución ni hiciera nada”, relata Luz Mery.

Las dos mujeres se pararon indignadas. – Un hijo no se negocia, no tiene precio – le dijo doña Rocío al coronel. Luz Dary, de recio carácter, fue más allá e increpó fuertemente al comandante de la patrulla para que le dijera la verdad. “El comandante le dijo a mi hermana que si se ponía a hacer revolución la mataba a ella. Mi hermana, como era muy intensa, le iba a dar un puño en la cara, entonces la cogió de la mano y le dijo: si no te callás te mato”, relata Luz Mery.

Desconsoladas y bañadas en lágrimas, salieron del batallón después del altercado con la firme intención de encontrar a John Fredy y saber la verdad de lo ocurrido. Durante semanas preguntaron y preguntaron en el batallón, pero la respuesta siempre fue la misma: que John Fredy había desertado. ¿Faltándole una semana iba a desertar?, se pregunta Nidia Estela todavía…

LA BÚSQUEDA SIN RESPUESTAS

Comenzaron entonces una búsqueda infructuosa en las morgues de pueblos y veredas. A cualquier lugar donde les decían que había alguna pista para encontrarlo llegaban, pero siempre salían decepcionados. La situación, incluso, comenzó a enfermar psicológicamente a doña Rocío, quien tuvo que ser hospitalizada varias veces. Las secuelas aún no desaparecen.

Como la esperanza comenzaba a desvanecerse, decidieron denunciar el caso ante diferentes instancias como  la Fiscalía, el Ministerio de Defensa y la Procuraduría. Esta última incluso abrió investigación preliminar, pero no logró avances. Por el contrario, la familia Lopera Jaramillo se sintió atacada de nuevo cuando en febrero de 1998 el Juzgado 118 de Instrucción Penal Militar declaró desertor a John Fredy y le dictó medida de aseguramiento de detención preventiva. Dos semanas después, lo condenó a 7 meses de arresto. 

Según Javier Villegas Posada, quien ha acompañado a los Lopera Jaramillo en su martirio de casi tres décadas, esta condena fue una forma de sepultar la verdad. “Se utiliza la deserción como un medio para tapar las eventuales irregularidades existentes en los casos de desaparición, donde muy seguramente en muchos de ellos los comprometidos son los mismos compañeros o los mismos superiores del desaparecido dentro de esos batallones”, señala el abogado.

En vez de darle la cara, la justicia colombiana les siguió dando la espalda a los Lopera Jaramillo. En mayo de 2005, el Tribunal Administrativo de Antioquia negó las pretensiones de la demanda que presentaron 7 años antes por la desaparición de John Fredy, con el argumento de que era desertor. No importó que el 5 de marzo de 1999, el Tribunal Superior Militar hubiera revocado el fallo del Juzgado 118 de Instrucción Penal Militar, porque no fue posible determinar si el soldado desertó o murió en manos de un grupo ilegal.

Convencida de que John Fredy no era un desertor, su familia apeló la decisión ante el Consejo de Estado, el 7 de julio de 2005, pero no admitió la apelación “por tratarse de un recurso de única instancia”.

UNA ESPERANZA

Después de casi tres décadas de lucha y del silencio del Estado colombiano, Villegas Posada denunció el caso en 2009 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, por las graves violaciones a los derechos humanos, entre ellos el derecho a la vida, a la libertad, a la integridad personal, a las garantías judiciales y a la protección judicial.

La denuncia fue admitida en noviembre de 2020, lo que sin duda alguna devolvió en parte las esperanzas de la familia Lopera Jaramillo, por conocer la verdad. Pero tal vez el verdadero paliativo llegó el 23 de mayo de 2024, cuando gracias a la intermediación de la CIDH el Estado colombiano y la familia oficializaron la suscripción de un acuerdo de solución amistosa en el que el Estado reconoció su responsabilidad por la violación de los derechos a las garantías judiciales y a la protección judicial, consagrados en la Convención Americana de Derechos Humanos, y aceptó indemnizar a la familia del soldado desaparecido. Además, la Fiscalía General de la Nación se comprometió a revisar las investigaciones iniciadas sobre los autores de la desaparición. Finalmente, el Estado aceptó elaborar un documental de la vida de John Fredy Lopera Jaramillo, donde se exalten su memoria y dignidad. 

En el acto, el director de la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado, John Camargo Mota, reconoció la responsabilidad internacional por la violación de los derechos a las garantías judiciales y a la protección judicial reconocidos en la CIDH, en perjuicio de los familiares de John Fredy Lopera Jaramillo, por falta de diligencia en la investigación de los hechos, lo cual impidió su esclarecimiento y la sanción de los responsables. “Es precisamente y reconociendo el profundo daño que se le causó a la familia Lopera Jaramillo que hoy en nombre del Estado colombiano les pido perdón. John Fredy no fue, ni es ni será un desertor”, señaló Camargo Mota.

En la misma ceremonia, con su voz adolorida y sus manos temblorosas, doña Rocío dijo de forma escueta que después de tantos años, finalmente espera que sea posible avanzar en el camino a la verdad, la investigación y la reparación. 

Al margen de cualquier indemnización o reconocimiento público, a ella le interesa más que reabran la investigación para saber qué pasó en realidad con su hijo. De tez blanca y rostro redondo, la mujer tiene pocas arrugas pese a sus 80 años. Sin embargo, sus ojos son tristes y están permanentemente humedecidos por la pena, como si nunca durmieran. 

Es comprensible, pues asegura que jamás ha podido volver a dormir bien y que seguirá esperando el día en que su hijo entre por la puerta de su humilde vivienda en el corregimiento San Antonio de Prado de Medellín, para darle los abrazos que no ha podido regalarle en estos años. Y aunque sus otros hijos y el propio don Manuel están convencidos de que eso no ocurrirá, ella insiste en que una madre no se cansa de esperar…

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