LA SAGA DE HORROR QUE VIVÓ UNA FAMILIA ANTIOQUEÑA

La historia de un empresario secuestrado por policías, vendido a las Farc, amenazado por denunciar y luego asesinado por sicarios

La noche de ese miércoles 11 de diciembre de 2002 se tornaba apacible y tranquila, solo perturbada por algunas aisladas detonaciones de papeletas y voladores, como suele suceder en Medellín en la época decembrina.  Ramiro Alfonso Molina Balbín y Ricardo Alberto Molina Vélez iban de regreso a su casa, después de disfrutar de su acostumbrado plan de padre e hijo en el Maracaibo, un tradicional club de billares y ajedrez que funcionaba en el segundo piso de un local ubicado entre Junín y Palacé, en zona céntrica de la ciudad.

Mientras conversaban en el carro sobre jaques, enroques, carambolas y tacadas, y cuando transitaban por la Avenida El Poblado, dos motocicletas de la policía los hicieron detener para una requisa. Eran las 10:30 de la noche y a ninguno de los dos se les hizo extraño, dados los acostumbrados retenes de seguridad de fin de año. Lo que sí no pasó inadvertido para ambos fue que detrás de los agentes se detuvo una camioneta blanca sin distintivo oficial alguno, aunque en principio tampoco les produjo gran preocupación. Así que detuvieron su marcha y se dispusieron a atender las indicaciones de los dos uniformados. 

Comenzaba así la primera película de lo que más tarde se convertiría en toda una saga de horror para la familia Molina Vélez. De forma intempestiva, de la camioneta se bajaron 5 hombres vestidos de civil, quienes le dijeron a Ramiro que en su contra existía una supuesta orden de captura por enriquecimiento ilícito y lo esposaron.  

En un segundo, el exitoso empresario del transporte y su hijo fueron obligados a montarse en la parte de atrás de su vehículo. Dos de los civiles los vigilaban mientras otro conducía, siempre escoltados por los policías en motocicleta. En ese momento se dieron cuenta de que se trataba de un secuestro, pero pocos años después, el propio Ramiro reconoció que se aprovecharon de su confianza en las autoridades. “Si me intentan secuestrar me tienen que matar o me hago matar, si llega la policía esa premisa se debe caer por que son los defensores de la integridad de las personas, entonces quién va a creer que van a llegar a secuestrarte’, le dijo  Molina a un juez en 2006.

En la mente de Ricardo permanecerá grabada por siempre las escenas de apertura de aquella primera película de la saga. “A mi papá lo obligaron a tomar una bebida entre los tres tipos, le decían que se la tomara que eso era para que se calmara (…), luego lo pasaron a otro carro, era un carro grande, no lo pude ver porque a mí me tenían agachado dentro del carro, pero ese otro carro sonaba como una camioneta grande, a mi papá lo montaron en ese carro y se fueron con él, pero antes me amarraron a mí con las manos atrás, me amarraron con un cordón del zapato de uno de ellos y me echaron en la cajuela del carro”.

A toda velocidad, tomaron la Avenida Las Vegas rumbo al norte,  llegaron hasta la glorieta de La Minorista y de allí ascendieron hacia el occidente. Después de 15 minutos llegaron a un taller que funcionaba también como parqueadero, cerca del Pascual Bravo. Ricardo fue despojado de su celular, del dinero que portaba y de sus documentos de identificación. Ramiro fue cambiado de vehículo y los uniformados se fueron del lugar. Las escenas de aquel cortometraje siguen siendo indelebles en la cabeza de Ricardo, cuando hace flasback. “(…), al rato llegaron dos hombres más, pero no los vi sino que sentí cuando cerraron las tres puertas del carro y me llevaron y me dejaron en el Colegio Pascual Bravo (…), al minuto abrí la cajuela porque aprendí hacerlo desde adentro y me bajé y ya no había nadie, paré un taxi y le dije lo que me había pasado y me llevó hasta la Policía de Antioquia que está cerca de Coca-Cola y llamé a mi mamá y le dije lo que había pasado, llegaron los del Gaula como a las seis y también hice denuncia por el teléfono al 123”, continúa su relato.

El carro que escuchó Ricardo mientras estaba en la maleta era una ambulancia de propiedad del Instituto Metropolitano de Salud de Medellín, Metrosalud, en la cual su padre fue trasladado a una zona rural del municipio de Santa Fe de Antioquia, en el occidente antioqueño. Allí fue entregado a hombres del frente 34 de las Farc, a órdenes del director de la película: alias ‘El Paisa’, considerado uno de los más sanguinarios dirigentes de esa guerrilla. Todo había sido meticulosamente planeado y ejecutado. Hombres de las Farc habían realizado las labores de inteligencia para escribir el guion, los policías se encargaron del plan de rodaje – incluida la estrategia del falso retén para interceptar a Ramiro y entregárselos a los subversivos. El  conductor de la ambulancia, quien en el juicio posterior se presentó como un simple actor de reparto para no aparecer en los créditos de la justicia, fue en realidad un coprotagonista encargado de llevar sedado al secuestrado  hasta el occidente antioqueño, sin levantar sospecha alguna. 

EL DESENLACE

Comenzó entonces para los Molina Vélez el período más angustiante para las familias de víctimas de secuestro: el de la incertidumbre de no saber qué pasó con el ser querido; si está en buenas condiciones o ha sido maltratado, si está vivo o muerto, si volverán a verlo… 

En medio de esa zozobra  pasaron cuatro eternos días, hasta que el 15 de diciembre sonó la maldita llamada que todos temen pero que, al mismo tiempo, esperan escuchar cuanto antes. Un hombre que se identificó como Jorge, supuesto integrante del frente 34 de las Farc, les dijo que tenían en su poder a Ramiro y les advirtió que debían preparar una gruesa suma de dinero por su liberación. Según el secuestrador, por instrucciones del propio Molina, la familia debía contactar de manera inmediata a uno de sus mejores amigos para que se encargara directamente de negociar con sus plagiarios. Ellos se volverían a comunicar cuando ya estuviera ubicado el negociador.

Con el fin de proteger la vida del protagonista, los familiares de Ramiro siguieron las instrucciones al pie de la letra, pues temían lo peor. El complejo panorama de secuestro en Colombia durante 2002 hizo que no dudaran en negociar con sus captores. Según la Fundación País Libre, ese año el secuestro por motivos económicos aumentó y en un 98 por ciento en relación con 2001 y Antioquia fue el departamento con las mayores cifras. Además, de los 62 secuestrados muertos en cautiverio, 38 fueron asesinados. 

Así que en llamadas posteriores con los secuestradores acordaron que pagarían 300 millones por la liberación de Ramiro. Su esposa, Gloria Cecilia Vélez, decidió entregarlos ella misma, el 15 de febrero de 2003, dado lo que estaba en juego y la alta suma de dinero.  La familia Molina jamás imaginó que la película no concluiría con el pago  y que comenzaría la segunda parte de la saga de horror. Cuando Gloria fue a entregar el dinero, los secuestradores la obligaron a quedarse con ellos y dejaron libre a Ramiro, con el compromiso de conseguir otra millonaria suma para liberar a su esposa. 

Con el fin de lograr un rápido desenlace, el comerciante movió cielo y tierra para rebuscarse el dinero; no le fue nada fácil. Después de vender varias propiedades y de obtener algunos préstamos, al  fin consiguió la plata y logró que Gloria fuera liberada el 12 de diciembre de 2003. 

UN NUEVO CLÍMAX

Reunidos de nuevo en familia, los Molina Vélez decidieron volver a empezar y dejar atrás los recuerdos del melodrama que habían soportado. Sin embargo, la codicia de los secuestradores no acabó allí, pues ya tenían listo el guion para la tercera película, cuyas primeras tomas fueron nuevas llamadas extorsivas y amenazas de muerte, toda vez que Ramiro reconoció y denunció a los antagonistas de la historia, los policías que lo secuestraron y los integrantes de las Farc que lo tuvieron retenido, entre ellos la compañera sentimental de alias ‘El Paisa, conocida como “La Pilosa’.

Los Molina Vélez acudieron desesperados a las autoridades, esta vez para solicitar protección, pues temían que se repitieran las recientes escenas de horror. En principio les fueron asignados escoltas y esquemas de seguridad, pero después de un cambio de comandante en la Policía Metropolitana de Medellín, le fue retirada la protección. A través del abogado Javier Villegas Posada insistieron en que le devolvieran el esquema, pero la respuesta fue que un estudio de seguridad indicaba que el riesgo era bajo y solo le autorizaron la polarización de los vidrios de su vehículo.

LA MUERTE DEL PROTAGONISTA

El final estaba escrito. La precaria protección se hizo evidente el 5 de noviembre de 2005, cuando Ramiro Molina fue asesinado en un parqueadero público de su propiedad en centro de Medellín.  Sicarios en motocicleta lo siguieron hasta el lugar y le dispararon cuando bajaba de su vehículo de vidrios polarizados. La sensación de derrota se apoderó de la familia Molina Vélez y la acompaña desde entonces. No sirvió siquiera como paliativo la condena a más de 30 años de prisión a dos subtenientes de la policía y a otros 3 implicados en su secuestro. Tampoco la condena al Estado, luego de más de 20 años de lucha jurídica con el acompañamiento de Javier Villegas Posada. En primera instancia,  el Tribunal Administrativo de Antioquia exoneró de responsabilidad a la Policía, pero la insistencia del abogado sirvió para que el Consejo de Estado condenara a la institución a indemnizar a Ramiro Molina y su familia por los perjuicios morales causados por los secuestros de él y de su hijo. 

De hecho, Villegas Posada también llevó al Alto Tribunal el caso del asesinato de Ramiro, lo que significó otra condena a la Nación porque se demostró que el supuesto estudio de seguridad que le habían realizado, y por el cual le negaron las medidas de protección, fue solo un montaje porque nunca se realizó. En su sentencia, el Consejo de Estado señaló que el asesinato del empresario fue “como consecuencia directa de la negligencia, desidia e incuria de las fuerzas policiales demandadas, al negarse obstinadamente a prestarle la seguridad por él solicitada, a sabiendas de que su vida corría un grave e inminente peligro”.
La saga de horror tiene todavía una última cinta pendiente por desenlace. Gloria Cecilia sigue esperando que se reconozca que su secuestro fue una secuela de lo ocurrido con su esposo, pues hasta el momento el Estado se ha lavado las manos diciendo que la responsabilidad es de un tercero. “Si este hecho no se hubiese dado, yo no habría tenido que exponerme”, dice ella apelando a la lógica. La respuesta la tiene la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, instancia ante la cual denunció el caso el abogado Javier Villegas Posada.

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REPRESENTACIÓN JUDICIAL ANTE (JEP)

Procesos relacionados con el conflicto armado y la búsqueda de verdad, justicia y reparación dentro del marco de Jurisdicción Especial para la Paz

Reclamaciones ante compañías aseguradoras (SOAT, póliza de responsabilidad civil), demandas de responsabilidad civil…

DENUNCIAS Y REPRESENTACIONES

Ante el Sistema Interamericano Derechos Humanos (CIDH)

Errores judiciales: condenas y detenciones arbitrarias por parte de entidades estatales.

ACCIDENTES

Fallecimiento o lesiones causadas por: Mal estado de las vías, construcción de las mismas…

Fallecimiento o lesiones causados por: Accidentes con el cableado público, postes, …

Fallecimiento o lesiones casadas por: Falta derivada, a la atención médica asistencial, imprudencia o negligencia médica…

Errores judiciales: acciones realizadas por Autodefensas (A.U.C.) y agentes del Estado: desapariciones forzadas…

Efectuadas por las Fuerzas Armadas del estado (falsos positivos)

Privaciones injustas y arbitrarias de la libertad, entre otros.

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