UNA MUERTE SUSPENDIDA

  • La historia de un alcalde antioqueño cuya vida estuvo enmarcada por secuestros y atentados.
  • Aunque logró evadir la muerte durante más de 20 años, esta lo sorprendió al terminar una fiesta de fin de año.

La muerte de Nevardo de Jesús Morales Marín estaba más anunciada que la de Santiago Nasar en la novela de García Márquez.  Desde que comenzó su carrera política, en la década de los 80, se ganó enemistades de paramilitares y de guerrilleros que en varias oportunidades lo secuestraron y atentaron contra su vida.

Morales nació para servir a la comunidad y murió haciéndolo.  Prueba de ello es que es tal vez el único colombiano elegido popularmente como alcalde de dos municipios diferentes y de regiones relativamente distantes. En 1985 fue nombrado por decreto como alcalde de su pueblo natal, San Carlos, un municipio del oriente antioqueño, ubicado a 119 kilómetros de Medellín, lleno de cascadas y piscinas naturales, con unas notable biodiversidad y que genera el 20 por ciento de la energía para el país. 

Renunció en marzo de 1987 pero un año más tarde fue elegido como el primer alcalde popular de ese municipio. Estuvo en el cargo entre el primero de junio de 1988 y el primero de junio de1990, pues en ese entonces los períodos de los mandatarios locales eran apenas de dos años. 

Su suplicio comenzó incluso antes de tomar posesión, el 24 de abril de 1988, cuando sufrió un primer atentado mientras estaba en un establecimiento público del municipio.  Resultó herido y tuvo que recuperarse en Medellín.  “No se hizo denuncia alguna ante la autoridad competente, porque él no era un hombre de venganzas ni problemas con nadie”, relató su esposa Martha Lucía Restrepo años después. 

ENTRE SECUESTRO Y SECUESTRO

Nunca las cosas fueron fáciles para Morales. El 6 de julio de 1989, un año después de su posesión, fue secuestrado por el ELN con otros dos mandatarios del oriente antioqueño. La retención, el eufemismo que usan los grupos armados para disimular el atroz crimen del secuestro, se hizo para enviar al gobierno nacional un mensaje.  Los tres mandatarios fueron liberados en la madrugada del 10 de julio.

.El secuestro influyó notablemente en Nevardo Morales, quien después de lo ocurrido se volvió temeroso y desconfiado. Tal vez para exorcizar esos sentimientos,  emigró con su familia a Andes, el corazón del suroeste antioqueño, población cafetera reconocida por sus inmensos árboles en el parque principal, los viejos balcones en sus casas y las antiguas chivas o carros escalera, declaradas patrimonio inmaterial del municipio, que recorren sus estrechas calles.

Economista de profesión, se desempeñó inicialmente como Contralor municipal y luego como Secretario de Educación. Dos años después se lanzó para la Alcaldía y resultó elegido para el periodo 1992-1995. Luego regresó a Medellín, donde laboró en la oficina de planeación de la alcaldía de Sergio Naranjo Pérez. Fue tal vez el único pasaje tranquilo durante su vida política.

Pero como la tierra jala, no se aguantó y retornó a San Carlos. Fue elegido nuevamente como alcalde para el período 1998-2000 y regresó al municipio con su esposa y su hijo. Sin embargo, antes de tomar posesión por tercera vez, en diciembre de 1997, de nuevo fue secuestrado. En esta ocasión, el noveno frente de las Farc lo retuvo con otros 5 alcaldes electos del oriente antioqueño y 4 periodistas, cuando se dirigían al encuentro de mandatarios elegidos de Antioquia y Chocó que tendría lugar en el Recinto Quirama en Rionegro. Estuvieron en cautiverio durante seis días.

Ese 1997 fue un año especialmente crítico para San Carlos. Los paramilitares del Bloque Metro mantenían un violento enfrentamiento con las Farc y el Eln. Según el informe San Carlos. Memorias del éxodo en la guerra, (Histórica, 2011), ese año fue secuestrado el alcalde Héctor Alzate Arias, liberado 5 días después, y asesinados un candidato a la alcaldía y dos concejales, uno de ellos presidente de la Junta de Acción Comunal del corregimiento El Jordán.

Además, fue secuestrado el presidente del Concejo municipal, con un mensaje en que les ordenaban a sus demás compañeros de cabildo que renunciaran. Dos días después, atemorizados por las amenazas, dejaron su cargo el presidente del concejo municipal y 4 cabildantes. 

Ese ambiente bélico, sin embargo, no impidió que Nevardo Morales tomara posesión como alcalde de San Carlos por tercera vez. Lo hizo el primero de enero de 1988, en medio de la guerra insurgente y contrainsurgente entre guerrilleros y paramilitares que buscaban dominar una zona estratégica de Antioquia por sus abundantes recursos hídricos: seis ríos, más de 75 quebradas, las centrales eléctricas de Calderas y San Carlos y los embalses de San Carlos, Punchiná, Playas y Calderas.

Quizás con la ingenuidad de un campesino, el mandatario estaba esperanzado en que la presión bajara, ante la presencia de dos batallones del ejército que vigilaban las centrales hidroeléctricas, pero las cosas no cambiaron y tampoco disminuyeron las ‘ganas’ que le llevaban los diferentes grupos ilegales.  

El 3  de agosto, las FARC incursionaron en el municipio. En una carta al Procurador Provincial, el propio Nevardo Morales contó que la arremetida comenzó a las 9:25 de la noche y se extendió hasta las 8:00 de la mañana del otro día. Advirtió que el Comando de Policía y la Registraduría quedaron totalmente destruidos y que la sede de la Caja Agraria había sufrido serios daños.

Luego fue el turno de los paramilitares, quienes llegaron a buscarlo el 25 de octubre de ese año. Arribaron hacia la 1:00 de la madrugada a su residencia, donde estaba con su esposa y unos amigos, pero Morales alcanzó a tirarse por un muro en la parte trasera de la casa.  “Sentimos una fuerte balacera y golpes brutales en la puerta de la casa, mi esposo corrió hacia la parte de atrás y gritaba ´corran que es la guerrilla’, recuerda su esposa Martha Restrepo. 

Los paracos sacaron a todas las mujeres de la casa y comenzaron a preguntar por la esposa del alcalde. Martha se identificó y la subieron a un carro; luego sacaron a todos los hombres, los filaron en la acera, los golpearon con los fusiles y les preguntaron por el alcalde, pero en una especie de pacto de silencio ninguno dijo nada. «Frescos que si no aparece para matarlo aquí ya tenemos la mujer para matarla», gritó en tono irónico la mujer que acompañaba a los sicarios.  Luego les dio la orden a los hombres de entrar a la casa y no mirar hacia afuera.

COMIENZA LA CACERÍA

Con rabia por no hallar a Nevardo Morales, los paramilitares comenzaron un verdadero recorrido de muerte por el municipio. Sacaron de sus moradas a personas inermes que iban asesinando y dejando en su camino. Ingresaron por la fuerza a viviendas, al hospital y hasta a la notaría por equivocación. 

De esa cacería humana quedaron 12 muertos, entre ellos Rocío Giraldo, Manuel Eduardo Salazar, Jesús María Orrego y Mariano Bedoya. Algunos que estaban anotados en una lista se salvaron porque no se hallaban en sus residencias…no era su día. Dejaron libres a un médico que sacaron del hospital los liberaron y a Martha, a quien le dijeron que no buscaban al alcalde para matarlo sino para entregarle un mensaje: que depurara la UMATA porque allí laboraba gente mala. 

Se fueron y por fin ella se encontró con el mandatario, quien la creía muerta. Nevardo tenía un pie fracturado  por lo cual le dieron una incapacidad que se prolongó hasta el 4 de diciembre. Al día siguiente retornó a sus labores.

LA ÚLTIMA FIESTA 

Desde la incursión paramilitar, San Carlos comenzó a parecerse cada vez más a un pueblo fantasma. Según un sobreviviente de aquella época, ni los perros callejeros se asomaban en las noches por sus vías destapadas. Por eso, con el fin de que el pueblo olvidara por momentos lo ocurrido, Morales programó una fiesta para el 31 de diciembre. Él mismo disfrutó de la celebración hasta las 3:00 de la mañana, cuando le pidió Quilimbo Loaiza, el que ponía la música, que fueran a su casa a terminar la rumba. En medio de los tragos salieron los tres: el alcalde, el agente de policía José Ignacio Ordoñez Lasso, quien lo escoltaba por esos días, y el hombre de la música. 

Llegaron hasta la esquina del parque donde está la virgen; allí se quedaron una media hora conversando con un bombero y varias personas más. Luego comenzaron a caminar rumbo a la casa del alcalde pero este, a quien ya el aguardiente le había arrebatado toda su lucidez y motricidad, hizo una pausa y se recostó en una pared. De pronto, dos jóvenes guerrilleros vestidos de civil comenzaron a dispararles. Morales cayó de inmediato en la acera herido de muerte. Su escolta, que no alcanzó a reaccionar, también murió un poco más adelante. “Yo me volteé y vi a dos muchachos jóvenes dando plomo. Terminaron de dar plomo y bajaron despacio hasta la esquina del parque. Ahí hicieron otros disparos y se fueron trotando por la cuadra del comando viejo. Después llegó la Policía”, relató a las autoridades Quilimbo Loaiza. 

Así, después de 15 años esquivando la muerte, esta encontró a Nevardo Morales borracho y recostado en una pared, cuando apenas despertaba el año 1999. Luego de dos atentados, varios secuestros y constantes amenazas, los únicos que se sorprendieron con la noticia fueron los magistrados del Tribunal Administrativo de Antioquia, quienes negaron la demanda interpuesta por la esposa del alcalde por no encontrar demostrada la falla del servicio, según ellos porque no hubo una solicitud formal de protección a la víctima o una denuncia por amenazas.

El abogado Javier Villegas Posada tuvo que llevar el caso ante el Consejo de Estado, el cual condenó a la Policía y al Ejército por considerar que ante los constantes ataques que sufrían la población de San Carlos y su alcalde, un escolta de la policía para su protección era evidentemente insuficiente. Además, porque como el funcionario había sido víctima de múltiples atentados contra su vida, libertad e integridad, estaba sometido a un riesgo cierto e inminente.
El asesinato de Nevardo Morales fue quizás el comienzo de una época de horror y desgracia en esta población antioqueña. Según el Informe San Carlos, memorias del éxodo en la guerra, entre 1998 y 2005, en ese municipio hubo 33 masacres que dejaron 205 muertos, 126 víctimas de asesinatos selectivos, 156 de desapariciones forzadas y 78 de minas antipersonal. Además, el municipio estuvo a punto de desaparecer. Treinta de sus 74 veredas fueron abandonadas en su totalidad y más de 20 de manera parcial. Se estima que entre 15 y 20 mil sancarlitanos huyeron de la violencia en esa población. Otras 5 mil se quedaron soportando y luchando, entre ellas Nevardo Morales, quien soportó de forma estoica, pese a que sabía que tarde o temprano tendría quecumplir la cita que tenía suspendida… con la muerte.

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