La historia de tres reclusos que murieron calcinados en una celda de la Cárcel Modelo de Bucaramanga, luego que unos guardianes del Inpec accionaran un arma de gases lacrimógenos.

“Esta sentencia del Consejo de Estado desnuda la perversa y cruel realidad del sistema penitenciario en Colombia. La vulneración generalizada e indiscriminada a los derechos fundamentales de la población carcelaria, aunada a la prolongada omisión del Estado en el cumplimiento de sus obligaciones para presérvalos, es una afrenta sistemática al estado de derecho y a la dignidad humana”.
Javier Villegas Posada
La familia de Harbey González prefería que el hombre de 30 años estuviera encerrado en la cárcel a que permaneciera en la calle, expuesto a múltiples peligros. Tal vez por ello, su reclusión en la Cárcel Modelo de Bucaramanga ese 15 de diciembre fue una especie de descanso para todos. Lo que jamás pensaron es que allí tuviera que enfrentar un verdadero infierno.
Harbey había sido condenado a 24 meses de prisión por fabricación, tráfico y porte de armas. Aunque sus familiares sabían que estaba pasando una Navidad difícil en el penal de mediana seguridad, confiaban en que el encierro le permitiera reflexionar y retomar el camino para alcanzar sus sueños.
Un poco díscolo, testarudo y mal relacionado, desde que ingresó al penal Harbey tuvo algunos problemas de convivencia con otros internos. Primero lo aislaron en el lugar donde los abogados interrogaban a los reclusos – conocido como rastrillo – pero según la guardia, le faltaba al respeto a las visitas y a las funcionarias que pasaban por el lugar. Por eso, el 6 de enero de 2011 fue trasladado junto con otros reclusos a la Unidad de Medida Especial -UME- del mismo establecimiento penitenciario, construido a mediados del siglo XX. Se trataba de celdas de aislamiento utilizadas para recluir a los presos más beligerantes y conflictivos, que por distintos motivos no habían logrado convivir con quienes habitan en los patios regulares.
Los recluyeron en la celda 4, un cuarto de 3,20 por 1,90 metros, sin sanitario, de paredes que algún día fueron blancas y cuyos improvisados ‘grafitis’ evidenciaban los dolores y las angustias de quienes tuvieron la desgracia de pasar por ese encierro. Le tocó compartir con José María Flórez Duarte, conocido con el alias de ‘Macancán’, y con Wilson Hernando Bolaños Ávila, alias ‘El Calvo’. Apenas llevaban un día conviviendo y, pese a la beligerancia que los caracterizaba a los tres y al hacinamiento en la pequeña celda, todo había transcurrido en completa calma entre ellos.
Fue precisamente Flórez Duarte, hombre musculoso y malencarado, quien prendió la mecha ese viernes 7 de enero. Desde que se despertaron Harbey lo notó alterado y ansioso, estaba como endemoniado. Macancán, quien padecía del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), solicitó en repetidas oportunidades el suministro de su medicamento y permiso para ir al baño, pero los guardianes no le hicieron caso. Algo muy común entre quienes custodian a los presos en Colombia, que muchas veces olvidan que la protección de los derechos humanos, y en especial el derecho a la salud de los prisioneros, es una obligación del Estado, independiente del tiempo o la situación judicial del individuo.
Macancán se sentía mal y así se los gritó en varias oportunidades a los guardias esa mañana. Una y otra vez les pidió que le dieran medicina y lo dejaran ir al baño pero la respuesta siguió siendo negativa. Entonces comenzó a golpear los barrotes de la celda con fuerza a manera de protesta. Los golpes retumbaban tanto en toda la UME, que poco a poco se fueron asomando por las rejas los reclusos de las 5 celdas de castigo.
El ambiente se ensombreció y la muerte comenzó a deambular por los estrechos pasillos. De pronto apareció el auxiliar Ardila y se tranzó en una discusión verbal soportada en todo tipo de vulgaridades con Macancán. Insultos iban y venían hasta que el guardia, preso de la desesperación, sacó un recipiente donde tenía gas pimienta y se los roció a los tres ocupantes de la celda cuatro.
La agresión caldeó todavía más los ánimos. Macancán lanzó al suelo el plato de comida, el auxiliar se salió de la celda y los tres internos continuaron insultándolo. Momentos después, Ardila regresó con el dragoneante Amaya Muñoz, quien habló por radio y luego, para tratar de calmarlos, le ordenó tomar y disparar la truflay, una escopeta que lanza granadas lacrimógenas.
Así recuerda uno de los internos cómo se abrieron las puertas del infierno aquella mañana: “…el auxiliar duda para estallarlo, entonces el dragoneante le repite que lo estalle y el auxiliar lo estalla hacia adentro de la UTE y sale gas y salen como tres bichitas (sic) botando gas, humo y chispas al tiempo y queda entre las celdas cuatro y cinco en donde yo me encontraba. Al ver el humero del gas que nos asfixiaba, nos tiramos al piso para protegernos y escuchamos gritos de auxilio y que decían ¡nos quemamos, nos quemamos, ayúdenos! Pero la guardia no creía que se estaban quemando, pensaban que el humo que salía era del mismo gas que nos habían echado; hasta que cayeron en cuenta porque las llamaradas así lo mostraban. Luego los guardias intentaron ingresar pero no podían porque no eran capaces de abrir la reja…”.
Los internos de la celda 4 habían puesto los colchones en la puerta para tratar de limitar el ingreso del humo. Sin embargo, como la pipeta además del gas lacrimógeno lanzó chispas, estas cayeron en la espuma sintética de los colchones, material altamente inflamable, y las llamas alcanzaron en segundos a los 3 internos.
La dantesca escena se prolongó por una eternidad. Al ver la celda incendiada, los guardias corrieron desesperados a buscar los dos extintores del lugar pero estos no funcionaron. Tardaron varios minutos más en conseguir otro con el cual por fin lograron apagar el fuego; todo ese tiempo los tres hombres ardieron en la celda. “… ya era muy tarde, ya estaban quemados, la piel se les veía deshecha y escurrida… les dieron los primeros auxilios, pero prácticamente ya estaban muertos. Les echaron agua líquida de suero, dos estaban convulsionando”, relató otro de los internos.
Horrorizados, quienes estaban en el lugar escucharon los gritos y los pedidos de auxilio de los 3 reclusos de la celda 4 sin poder hacer nada; impotentes los vieron quemarse vivos durante por lo menos 20 minutos, antes de que lograran apagar el fuego y comenzaran a evacuarlos. Según el informe de un investigador de campo, la temperatura en la celda se acercó a los 250 grados centígrados.
El primero en salir de la celda fue Wilson Bolaños, quien según otro de los reclusos caminaba despacio, como un monstruo paquidérmico, “con los ojos cerrados como ciego”. Luego lo hizo Harbey González; “salía derretido porque se le caían los pedazos de cuero”, relató el mismo testigo. A Macancán lo sacaron de la celda en camilla, en igual o peores condiciones que sus compañeros de presidio. Los tres sufrieron quemaduras en el 97 por ciento de sus cuerpos y fallecieron posteriormente.
Lo ocurrido fue escasamente registrado por los medios de comunicación de la época. “La conflagración fue causada por los presos, que prendieron fuego a una colchoneta de la celda que compartían”, les dijo a los periodistas el general José Ángel Mendoza, comandante de la Policía Metropolitana Bucaramanga. Nadie indagó mucho más sobre lo que realmente había ocurrido y los medios se quedaron con la absurda versión de uno de los guardianes, quien dijo que ‘Macancán’ era paciente siquiátrico y había dicho que quería prenderse fuego.
Esa falta de compromiso de algunos periodistas con la verdad, aunada a la manipulación de muchas fuentes oficiales, indignó a los familiares de Harbey González, a quienes la mentira los quemaba por dentro. Por ello, decidieron demandar al Inpec con la ayuda del abogado Javier Villegas Posada. La demanda llegó hasta el Consejo de Estado, donde fueron escuchadas las versiones de otros reclusos con descripciones aún más escalofriantes que muestran la indolencia de los guardianes mientras Harbey ardía en llamas. “Salió gritando horrorizado y cubriéndose agónicamente los ojos y sin percatarse rozó a uno de los guardias que se encontraba presente en el lugar de los hechos, quien de manera inmisericorde, lanzó una patada al joven quien cayó en un charco, en donde comenzó a convulsionar, posteriormente lo sacaron en compañía de Wilson Hernando, esposados para luego ser llevados en dos camiones del INPEC, al Hospital Universitario de Santander, donde fallecieron”, relató otro de los reclusos.
Los desgarradores testimonios sirvieron para que el Consejo de Estado condenara al Inpec a indemnizar a los familiares de los reclusos que murieron calcinados. “Esta sentencia del Consejo de Estado desnuda la perversa y cruel realidad del sistema penitenciario en Colombia. La vulneración generalizada e indiscriminada a los derechos fundamentales de la población carcelaria, aunada a la prolongada omisión del Estado en el cumplimiento de sus obligaciones para preservarlos, es una afrenta sistemática al estado de derecho y a la dignidad humana”, recalcó el jurista Villegas.
La sentencia incluyó que, como medida de no repetición, ordenara a la entidad a diseñar y divulgar en los centros de reclusión del país un documento de información y capacitación sobre protocolos de uso de armas no letales dentro de centros penitenciarios, el cual debería ser acorde con el respeto a la dignidad humana y con los derechos a la vida y a la salud de los internos.
Pero al parecer, como suele suceder en Colombia, todo quedó en palabra muerta. Según el propio Inpec, solo entre 2012 y 2022 murieron en Colombia víctimas de incendios 83 personas privadas de la libertad, mientras que otros 178 resultaron heridos por esa causa. Estas cifras muestran que, además de las casi nulas posibilidades de resocialización real que ofrecen, las cárceles se han convertido en uno de los principales escenarios de vulneración de los derechos humanos para quienes tienen la desgracia de cometer un error y caer en ellas.